Cuando quieras adelgazar, que sea por ti

Hace unos años conocí a un chico que siempre decía lo guapa que era, lo bien que me maquillaba y alababa el gusto que tenía para vestir y elegir los complementos. Pero lo cierto es que nunca me hablaba bien de mi físico. Para él yo tenía un sobrepeso que era casi un tema tabú. Me di cuenta de que sentía muy a gusto en mi compañía, pero que no se lanzaba a buscar una relación conmigo porque el tema de la gordura le echaba para atrás. De ahí que yo, para animarlo o darle un empujoncito, decidiese por mi cuenta y riesgo que debía perder peso. Fue un gran error. Os cuento mi historia, la de una persona que por amor trató de adelgazar y acabo con una incapacidad absoluta que, de no ser por los especialistas del despacho de abogados Durán y Durán, acabaría incluso sin una pensión.

Y es que todo empezó con que me obsesioné con perder peso a toda costa y, lo peor, lo más rápido posible. De repente comencé a ir todos los días laborables a la piscina de cerca de casa, a la que ya tardaba 20 minutos en llegar caminando y otros tantos en volver. Asistía también dos veces por semana a clases de tenis, y si después no tenía que ir al trabajo, solía quedarme allí con los compañeros echando algún partido. Por si fuera poco, iba a danza del vientre un día a la semana. Y lo rematé todo comenzando a salir a correr, por consejo de este mismo chico, ya que él lo hacía y decía que venía muy bien para perder peso.

Lo que no pensé es que aquello que para uno es bueno o beneficioso puede no serlo para otro. En eso no caí. Así que seguí su consejo y empecé a correr. Me costó mucho porque yo pesaba por encima de los cien kilos. Mis primeros días eran salidas de 15 minutos en las que corría un minuto y caminaba uno y medio. Poco a poco fui aumentando la intensidad e invirtiendo la tendencia, corriendo minuto y medio y descansando uno. Así hasta que un día, después de casi un año, llegué a correr 50 minutos del tirón, sin pausas. Y para más inri, no hacía circuitos, sino que iba siempre hacia delante y después deshacía el camino hasta casa caminando.

Un día no pude más. Empezó todo con un dolor de cadera al que luego siguieron las rodillas y la espalda. Acudí a un neurocirujano para que me examinase y el veredicto fue rotundo: no podía hacer ese tipo de deporte con mi peso, de ahí que mi cuerpo sufriese tanto, porque ni mis articulaciones ni mi columna podían soportar tantos kilos.

Acabé en una silla de ruedas, y a diferencia de lo que creía desde joven no fue por pesar tanto que no podía ni moverme, sino por enamorarme y quererme sentir correspondida hasta el punto de tener que adelgazar sin cabeza.

Consulta al médico si quieres adelgazar

En la prensa y muchos centros encontramos a veces un montón de dietas milagro que no nos sirven a todo el mundo. Al igual que como se suele decir de las enfermedades, no existen estas, sino enfermos, ya que el tratamiento no es igual para todos. Por eso, lo mejor es siempre dejarnos de experimentos y directamente acudir a nuestro médico de cabecera o a un endocrino para que nos ponga en el buen camino y nos ayude a lograr nuestras metas en cuanto al peso pero en el tiempo adecuado, para no exponernos a lesiones ni a problemas derivados de una mala alimentación.